Anar a votar

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He de confessar que el passat 20- D vaig fer la pirula al meu partit i vaig votar a En comú Podem. No em va agradar ni la llista del socialistes ni el seu discurs sobre la realitat catalana i com volien resoldre el conflicte existent.

Em vaig deixar seduir pel Xavier Domènech , em va semblar ( i em sembla) una persona veraç,sòlida intel·lectualment i també amb uns propòsits clars  respecte a Catalunya, Grup parlamentari propi  i referèndum a Catalunya . Per altra banda en la seva llista en llocs de sortida hi anaven persones que en havia conegut fa anys i em va fer gràcia retrobar-les en una llista electoral.

Ara però retornaré al vot socialista. I ja allunyat de l’anàlisi polític sobretot perquè després del 20- D els que jo havia votat  no van tenir ni grup parlamentari ni van posar el referèndum en el primer nivell de la negociació  però sobretot pe l’actitud d’ Iglesias – aliat i referent espanyol de En Comú –  en els procés de negociació´- llàstima per Domènech- , dic doncs que tornaré a  votar socialista sense que em convenci el seu discurs amb Catalunya però en tot cas prevaldrà aquest cop la confiança que tinc en Meritxell Batet , la seva manera de fer i el seu rigor extraordinari a l’hora d’afrontar el debat polític. Els paràmetres ideològics i polítics els deixo  ara  en la segona volta en un segon pla.

I  si em quedava  algun dubte – que em quedava –  llegiu aquets article del dissenyador Alberto Corazón, m’ha acabat  d’esvair els dubtes…

 

Arrepentidos, ¡a las urnas!. Alberto Corazón. El País. 08.06

 Creí en el mensaje de regeneración de Podemos y les voté. Ahora, aprendida la lección, lo lamento

 Tomé la decisión, que ahora lamento, de votar a Podemos creyendo en su mensaje de regeneración, transparencia y decencia. Creyendo que obligaría en el denostado bipartidismo a una reflexión autocrítica del PSOE; que aportaría una rejuvenecida viveza al Parlamento; y unos votos que decidirían una mayoría definitiva a la izquierda de progreso.

Ya digo, una esperanza irresponsable, visto lo sucedido. Pablo Iglesias ha conseguido lo contrario: que se reaviven las tendencias caciquiles de los barones socialistas; su aportación parlamentaria ha sido el postureo, los malos modos en la Cámara y la más banal retórica. Finalmente, lo imperdonable: ha ofrecido un balón de oxígeno a Rajoy y su derecha reaccionaria, que estaba en la UVI.

Hay que ser muy sectario para aceptar la liquidación del “Estado de bienestar”; de la educación pública y la sanidad; de las ayudas a las personas que las necesitan para vivir, los dependientes; de la recuperación de la memoria histórica y la dignidad de los asesinados por el franquismo; para condonar la destrucción del tejido cultural y el desahucio de las familias; para permitir la perpetuación del nacional-catolicismo en el currículum escolar; para cerrar los ojos a las amnistías fiscales para los grandes defraudadores o a la corrupción generalizada en toda la gestión pública. Hay que ser muy sectario para todo esto y aceptar que esta inhumana realidad continúe, hoy en día, asolando a los ciudadanos de este país por razones estratégicas ignotas.

Seguimos en esta ciénaga del PP de Mariano Rajoy por el apoyo —impensable— de Podemos.

Esta es la realidad, se quiera distorsionar dialécticamente como se quiera. Ni en nuestras peores pesadillas muchos de los indignados ciudadanos del 15-M que ocupamos las plazas de las ciudades habríamos podido soñar con este escenario inicuo. Las críticas y reticencias iniciales a aquellas espontáneas movilizaciones del 15-M en todo el país eran por su carácter asambleario popular. Pablo Iglesias lo ha resuelto de un plumazo. Aquella espontaneidad ha sido sustituida por un férreo presidencialismo. Y la denuncia del poder, la “vieja casta” política, ocultaba que su propósito era el de crear una “nueva casta” controlada por su liderazgo.

Estamos ante la enorme paradoja de que para enviar a la oposición al PP de Mariano Rajoy tenemos que hacer lo mismo con el partido de Pablo Iglesias.

El 15-M que capitalizó Podemos fue un impulso fresco, renovador, popular, que se manifestó en las elecciones municipales y autonómicas. Pero en lugar de entenderlo como el inicio de un camino compartido, Pablo Iglesias lo interpretó como una proyección personalista. Vanidad y arrogancia sustituyeron a la reflexión inteligente.

Cuando todas las fuerzas de progreso y reformistas estaban de acuerdo en expulsar a Mariano Rajoy y a la corrupción de la vida pública, Pablo Iglesias votó en contra y salvó al PP de una derrota cantada. La razón era que se le negaba la vicepresidencia y algunos ministerios como botín del acuerdo. Si este país quiere un Gobierno de progreso con nosotros, debió pensar, no le va a salir gratis.

Ahora que las cosas ya están más claras y que parece que se ha aceptado la “realidad virtual”, con su parafernalia tecnológica, los ciudadanos de izquierda —honrados, sin traumas ni rencores, educados en la buena conversación como modo de convivencia y no permanentemente vociferantes y malhumorados—, todos los que cometimos el imperdonable error de este voto emocional, deberíamos unirnos para ofrecer a Pablo Iglesias la presidencia virtual de un Gobierno, y a sus ideólogos (liquidados los críticos), todos los ministerios virtuales que deseen.

Quizá así, en estos momentos, nos libraremos del principal obstáculo para este país que aspira a ser una sociedad decente, abierta y libre.

Para lograrlo hay que vencer el desencanto y volver a las urnas con la lección bien aprendida. Tenemos que alejar la tendencia melancólica de la izquierda, de las fuerzas de renovación y progreso, a abdicar ante el “mal inevitable” de la derecha conservadora reaccionaria que no tiene otra estrategia que la de manipular el miedo, ni otro horizonte que el de consolidar la salvaje desigualdad económica y social.

Nuestra oportunidad y nuestro futuro están en nuestro voto. ¡Ciudadanos de bien: acudamos a las urnas!

 

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