D’altres fonts IX

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Davant l’expectativa de que el PSOE s’abstingui en la propera investidura de Rajoy per facilitar la formació de govern  val la pena llegir aquets article que publicava al  diari Público José Antonio Pérez Tapias. Analitza la possibilitat de l’abstenció i el perill que representaria pel PSOE:

Una abstención que abrasa.  José Antonio Pérez Tapias. Público. 10.10

Lo que quemaba a unos cuantos hoy afecta a un partido al que sólo le queda su militancia para elevar la voz, pidiendo una consulta que le evite consumirse en el fuego de la indignidad

El PSOE está, a la vista de todos, decidiendo sobre su futuro y, de camino, sobre el futuro de España. Y no lo está haciendo de la mejor manera. Por el contrario, tenemos muchos elementos de juicio para decir que lo está resolviendo de la peor manera posible. Pareciera que en la secuencia de los hechos que condujo a la implosión que en el pasado comité federal se produjo se consumó una especie de designio trazado de antemano. Y cabe pensar que fue así, pero el tal designio y la ejecución de lo que implicaba se debe a la decisión de personas concretas en una organización tensionada en medio de circunstancias ciertamente difíciles. Mas a partir de ahí es obligado esclarecer al máximo algunas claves de lo ocurrido. Porque no se trata de ningúndestino que se haya sobrepuesto a actuaciones que de suyo son debidas a sujetos que, obviamente, son responsables de las mismas.

Acudir, en los asuntos humanos, a invocar alguna fuerza de un mítico orden superior, se imagine proveniente de algún trasmundo, se piense actuante desde dentro de la naturaleza, o incluso se adjudiquen los procesos históricos a indefectibles fuerzas que los predeterminan, es siempre recurso para huir de las responsabilidades que nos competen. Es cierto que los acontecimientos tienen su “lógica” —es pertinente hablar de su “ilógica” respecto a  muchos procesos, dado cómo contribuyen a acumular irracionalidad a base de sumar negatividades—.

Sin embargo, siendo verdad que la historia la protagonizamos los humanos, lo cierto es que ocurre siempre desde las condiciones, normalmente muy constriñentes, que nos vienen dadas por las estructuras y procesos que heredamos de los que nos precedieron. Por ello, en medio de las alternativas que se nos presentan no se hace todo lo que se quisiera, sino lo que se puede. Pero hay que querer para poder y entender bien —como decía el filósofo Ernst Bloch— cuál es la posibilidad real para actuar transformadoramente en la dirección emancipadora y solidaria hacia la que se pretende orientar la acción.

Materialismo histórico se denominó esa manera de pensar acerca de la dinámica de nuestras sociedades, fuera de concepciones mecanicistas, aunque se presentaran como (falsamente) dialécticas, en las que los sujetos no dejaban de ser vistos como marionetas de fuerzas anónimas. No; los sujetos, individuales y colectivos, deciden, actúan y, con mayor o menor capacidad de incidencia, pesan en la realidad de los hechos. Ya recordó hasta el mismísimo Heráclito, justo para relativizar el supuesto destino, que “el carácter es el destino del hombre”. Y cada cual tiene mucho que ver con el que al final se forma.

Importancia tiene el carácter, no sólo para el individuo, sino también para los demás cuando la acción individual tiene consecuencias para los demás, lo que es evidente en el campo político. Por eso las ambiciones humanas, por ejemplo, tienen su papel, o los modos de pensar y las formas de relacionarse, por no hablar de los roles que se van asumiendo en la construcción del personaje al que en algunos casos, con mayor o menor fortuna, algunos elevan su personalidad. Todo ello tiene que ver con cómo los individuos, y a través de ellos las sociedades —Fromm lo estudió bien hablando de “carácter social”—,  se sitúan en la corriente de la historia en la que se hallan inmersos. En medio de los condicionamientos, el factor subjetivo tiene su relevancia.

Lo sucedido en el PSOE se condensa significativamente, aunque ni mucho menos se reduzca a ello, en la dimisión de quien hasta hace unos días era su secretario general, Pedro Sánchez. Una rebelión antidemocrática, una suerte de golpe de Estado interno, una especie de conjura, consumada por quienes dimitieron en bloque para provocar su salida, fue el momento culminante de un recorrido de conspiraciones que se inició meses atrás. Podríamos remontarnos más lejos, pero basta recordar aquel otro comité federal del PSOE cuando en un 28 de diciembre se le impusieron muy acotadas condiciones para intentar un pacto de gobierno alternativo al PP en caso de que el candidato derechista no consiguiera ser investido. En el discurso oficial iba implícito que eso era lo que había que evitar. De ahí el no a Rajoy. Y bajo esa premisa operó el ya ex secretario general socialista y el partido con él.

Lo que se revela al final, cuando cambia drásticamente el mensaje de muchos que desde el “aparato” respaldaron ese “no” —transmutado el escenario se ha llegado a presentar como frivolidad o como necedad—, es que al actuar como lo hicieron les motivaba una táctica interesada, para no quedar mal ante un electorado que recogió el compromiso en ese sentido y para no sufrir el desgaste de propugnar una abstención que diera lugar a un nuevo gobierno de la derecha —de la derecha que tenemos en este país: corrupta, antisocial y autoritaria—. A la postre nos encontramos que, cayendo las máscaras y acabado el disimulo, desde el “aparato” del partido —no controlado por quien era su secretario general— y, concretamente, por parte de secretarios de federaciones puestos a las órdenes de Susana Díaz, secretaria de la federación andaluza, lo que se esperaba es que, llegado el momento, Pedro Sánchez abandonara la firme posición del “no” a un gobierno del PP y asumiera, interna y externamente, el coste de la abstención como la vía “pasiva” a la que el partido se acogiera para que se elevara a la presidencia al candidato Rajoy.

 

El fuego de la indignidad

 

Tal era el designio trazado desde elevadas instancias que tratan de decidir por encima del común de los mortales y, desde luego, desoyendo el clamor de democracia efectiva que surge desde la militancia socialista. Poderes de este mundo no estaban dispuestos a consentir un PSOE que pactara por la izquierda con Podemos, poniéndose en situación de acometer otras políticas económicas distintas de las que el “orden” del sistema está dispuesto a admitir, y que llegara a acuerdos con fuerzas nacionalistas, abriendo paso a planteamientos coherentemente federalistas que el “orden” de un Estado bloqueado para reconocer su interna plurinacionalidad tampoco estaba dispuesto a digerir.

Pedro Sánchez ha cometido errores —incluidos algunos de bulto en el comité federal de marras en que la sinrazón se apoderó del cónclave socialista—, ha titubeado, no ha acertado en decisiones importantes —recordemos el pacto con Ciudadanos—, pero fue al verse hacia dónde podía encaminar al Partido Socialista de manera efectiva, yendo desde el “no” al PP hacia un ”sí” a una alternativa, cuando las iras de la oligarquía del partido se desataron con toda su fuerza. Y ésta no es otra que la de la sumisión a los poderes dominantes, tanto económicos como otros que también se mueven tras el telón de la escena política, una sumisión que se expresa en la actitud de papanatismo que se adopta cuando toma la palabra aquél a quien un ilustre socialista vasco que ya no está entre nosotros llamó, en un momento de coloquial chanza, “dios”.

Éste —Felipe González— en el momento álgido en el que el designio que él mismo había contribuido a trazar estaba para cumplirse, lanzó de nuevo su oráculo: “Sea la abstención”. Y la abstención está encauzada, incluso con todas las señales que cabía esperar respecto a un pacto con el PP al que nos destinan desde el submundo de las decisiones que se hurtan a la militancia, a la vez que desde la estratosfera donde se decide el “destino” de los pueblos.

La abstención, como espada de Damocles sobre las cabezas de los dirigentes socialistas, era una posibilidad que a todos quemaba en las manos y por eso trataban de pasársela unos a otros para que el colofón del simulacro fuera que el secretario general se achicharrara con ella. Cuando de manera ostensible se abre paso dicha posibilidad con visos fehacientes de consumarse como realidad, preparándose un nuevo comité federal que desde la victoria de los amotinados consagre el desatino, recae sobre quien ha sido señalado por el dedo divino como presidente de una comisión gestora muy ayuna de legitimidad la triste tarea de consumar el sacrificio en el que el PSOE es inmolado: lo que quemaba a unos cuantos hoy abrasa a un partido al que sólo le queda su militancia para elevar la voz pidiendo una consulta que le evite consumirse en el fuego de la indignidad.

 

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